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Viernes, 14 de abril de 2006

Vete tú a saber...

En el terreno de las ideas, hay dos cosas de las que uno no debería nunca avergonzarse: De defender sus propias convicciones y de cambiar de opinión. De la primera porque todos debemos poder pensar algo acerca de un tema y, si no nos demuestran lo contrario con argumentos creíbles, seguir manteniendo nuestra postura; y de la segunda porque siempre nos podemos equivocar y, si nos demuestran que lo que pensábamos era falso, deberíamos poder cambiar de opinión sin que eso suponga vergüenza ni humillación. Quien no afronta la primera es un cobarde y quien no afronta la segunda es un necio y, a la larga, un fanático.

Por eso me causa una cierta repulsión la exigencia con la que a veces se miden las palabras de ciertas personas. Los políticos, especialmente, se encuentran ante una presión desmedida. Cada frase que dicen se graba y se recuerda sin parar, de manera que el más mínimo fallo, el más pequeño desliz, se convierte automáticamente en un arma arrojadiza que sus enemigos usarán sin parar en el futuro. El diálogo humano, originariamente fuente de intercambio de ideas que enriquece a las personas, acaba convirtiéndose en una lucha por imponer lo que me conviene o por atrapar al otro en algún desliz que le deje en evidencia.

Personalmente, me alegro de no encontrarme en esa situación. Incluso cuando escribo artículos como este (pretendidamente serios y profundos :P), asumo que el lector (en este caso tú) entiende que esto no es la sentencia inamovible e infalible de un oráculo divino, que no son más que las ideas que alguien (en este caso yo) ha tenido en un momento dado. Es posible que me equivoque en algo de lo que digo, o que meta la pata en el aspecto formal y use expresiones inadecuadas... Bueno, confío en que nadie me condene a las profundidades del Infierno por eso; yo, desde luego, tampoco lo haría con cualquier otra persona que también comunicara sus ideas. A fin de cuentas somos seres humanos, seres imperfectos que avanzan durante unos pocos años sobre la superficie de un pequeño planeta en busca de unas pocas verdades, y que a menudo se confunden y, en lugar de ellas, acaban encontrando sólo unas pocas convicciones, nacidas de sus propios miedos e intereses, no de la certeza y la observación objetiva y racional de las cosas.

Me resulta enórmemente simpática la manera en la que se filosofaba en los tiempos de Sócrates. Este hombre intercambiaba ideas con sus concidudadanos mientras paseaba por la calle, o incluso en un banquete, charlando tras la comida, junto a una copa de vino, entre risas, y mezclando las bromas con las cosas serias, como dando a entender que la barrera entre ambas no está tan clara, que a fin de cuentas todo son elementos de nuestra vida y que, de hecho, tras esas cosas que nos hacen reír se esconden a menudo los asuntos más serios e importantes.

A menudo pienso que así es como a mí me gustaría intercambiar mis ideas siempre, intentando aprender de los demás lo que pueda, enseñando lo esté al alcance de mis posibilidades y corrigiendo aquello en lo que me demuestren que me equivoqué. Para eso no tendré nunca ningún problema. Más bien al contrario: Cuando hablo o escribo sobre algo, uno de mis primeros deseos es que, en caso de no estar en lo cierto, alguien me ilumine lo antes posible y me haga ver la verdad de las cosas, para estar el menor tiempo posible sumido en el error. Eso sí, mientras nadie lo consiga, por supuesto que defenderé mis convicciones con firmeza, como cualquiera puede y debe hacer, pero siempre acompañándolas de aquella coletilla de: "Aunque vete tú a saber, igual todo esto que te digo es falso".

Por: Monsieur le six | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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